Es muy común que la gente entienda la calidad como algo meramente voluntario. Es decir, que hacer un producto o brindar un servicio de calidad solo depende de la buena intención de quien lo ofrece. Sin embargo, construir calidad es algo mucho más complejo que utilizar buenas materias primas, contratar la mejor mano de obra o tener la última tecnología. En definitiva, necesitamos ser capaces de vincular eficientemente todos los eslabones, componentes y/o actores de la cadena productiva.
¿Por qué? Porque utilizar la mejor materia prima no será suficiente si nuestra fuerza laboral no es capaz de realizar un producto a la altura, o porque tener tecnología de vanguardia no tendrá sentido si los materiales no cumplen con los requisitos que el cliente espera. Inclusive, aunque tengamos la mejor materia prima, mano de obra y tecnología, tenemos que mantener los resultados a lo largo del tiempo. Asimismo, necesitamos de procesos organizados y bien controlados; es decir, necesitamos de un sistema de gestión de la calidad.
Los sistemas de calidad nos ayudan a brindar regularmente productos y servicios que satisfagan los requisitos del cliente, a la vez que nos facilitan las oportunidades de incrementar sus niveles de satisfacción. No obstante, nos ayudan a abordar los riesgos y oportunidades relativas al contexto de la organización.
Aunque todo esto suena muy lindo y evidente, no siempre lo fue. Hasta hace no tantos años, cada organización tenía sus propios estándares y sus propias maneras de gestionar la calidad. Sin embargo, desde 1987 se comenzó a construir un criterio internacional unificado, que aún hoy utilizamos y se afianza con el paso del tiempo.
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